Cristo Sacerdote en la “Carta a los Hebreos”

Para terminar nuestro recorrido por el Nuevo Testamento, vamos a fijarnos en esta carta, o seguramente homilía, que en alguna época se atribuyó a San Pablo. Su autor nos presenta a Jesucristo como verdadero y definitivo sacerdote, aunque no actuase como los sacerdotes del templo. El sacerdocio de Jesucristo mantuvo cierta continuidad con el del Antiguo Testamento, aunque marcó una novedad absoluta.

Hasta el momento, el sacerdocio era una capacitación para el culto, para ofrecer sacrificios y realizar ritos. Con Cristo, pasará a ser un sacerdocio del corazón. Él nos muestra que lo que agrada a Dios no son los ritos o las ofrendas, sino las disposiciones de un corazón que ama. La Carta a los hebreos y otros escritos del Nuevo Testamento establecen un claro paralelismo entre los sacrificios rituales del templo y el sacrificio de Cristo en la cruz (cf. 1 Cor 5, 7; Ef 5, 2).

Así, la Carta a los hebreos anuncia la ineficacia de los sacrificios anteriores, exteriores y rituales, para limpiar el corazón o la conciencia (cf. Hb 9,9; 10, 30). Por eso han sido sustituidos por el verdadero sacrificio de Cristo. Esta Nueva Alianza se sanciona con el sacrificio de un corazón, el de Cristo, que por sus actitudes  agradó a Dios.

Sólo el sacrificio de este Corazón podía purificar los corazones de los hombres (cf. Hb 10, 11-18); sólo tras haber sido purificado por el sacrificio de Cristo, el hombre puede presentarse ante Dios (cf. Hb 10, 19-22). La Carta a los hebreos resume en dos las cualidades del Corazón de Cristo en su sacrificio: obediente y misericordioso con los hombres.

La obediencia en Cristo es una actitud continua que impregna cada acto de su vida desde el momento mismo de su concepción. El rostro misericordioso se nos retrata recordándonos su más alta dignidad, aunque, sin embargo, “semejante en todo a sus hermanos menos en el pecado” (Hb 2, 17).

El capítulo 5 llega aún más allá. Presenta a Cristo envuelto en nuestra flaqueza y sintiendo compasión del hombre pecador (cf. v. 2). Nos muestra a un Cristo verdaderamente hombre, en su situación más humillada. Recuerda mucho a la agonía de Getsemaní. Cristo ha sufrido, ha sentido la agonía, ha llegado a la situación más extrema de sufrimiento que un mortal puede padecer. Como Siervo obediente de Yahvé, se ha acercado al hombre para cargar con sus crímenes.

VÍCTOR JAVIER CASTAÑO

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