De la Puerta Santa al costado de Cristo

Acabamos de comenzar la celebración del Año Jubilar que nos ha concedido el santo padre Francisco con motivo del Centenario de la Consagración de España al Corazón de Cristo, y con este motivo hemos abierto también la Puerta Santa que atravesarán muchos peregrinos para significar la gracia del perdón y el don de la misericordia divina.

La puerta es el signo externo, un signo que nos tiene que llevar a una realidad más profunda, al costado abierto del Señor.

El costado atravesado por la lanza se convirtió en fuente de gracia y de vida, de él nacieron la Iglesia y los sacramentos. San Agustín lo expresa así: “Para que allí quedase en cierta manera abierta la puerta de la vida, en donde brotaron los sacramentos, sin los cuales no se entra en la vida, que es la vida verdadera”.

La sangre y el agua que brotan del costado del Señor son el bautismo que nos regenera y la carne y la sangre que nos alimentan. Bien se puede resumir toda la vida cristiana en la imagen de estos dos sacramentos.

Hemos recibido el don de la vida eterna por el bautismo y a ella caminamos con la fuerza de la Eucaristía, que nos hace gustar ya aquí en la tierra lo que esperamos gozar un día definitivamente en el Cielo.

La tradición cristiana ha asociado al costado abierto de Cristo el misterio de su Sagrado Corazón. Pío IX, en el decreto de beatificación de santa Margarita, decía: “¿Habrá alguno que no se sienta incitado a honrar con toda clase de obsequios a aquel Sacratísimo Corazón de cuya herida manó sangre y agua, es decir, la fuente de nuestra vida y salud?”.

Entrar por la puerta santa es una acción simbólica, mística. Es entrar por el costado abierto del Señor para llegar hasta su mismo Corazón y recibir la gracia que mana de su vida entregada. Al cruzarla estamos renovando la gracia de nuestro bautismo, volviendo a las raíces de nuestra fe, al amor primero.

Sentir el amor de Aquél que nos amó primero es el comienzo de la renovación personal y la garantía de fecundidad en nuestra existencia. Al mismo tiempo, al cruzar el umbral de la puerta experimentamos el gozo del perdón, porque Cristo en su Pascua ha roto el muro del mal y del odio que nos divide.

La reconciliación con Dios es entrar en sus entrañas misericordiosas, experimentar que Él está siempre dispuesto a perdonar y nos capacita a nosotros para perdonar también a los demás.

Por último, la puerta se convierte en puerta eucarística, en puerta del Cielo. Entramos para habitar en Él, para vivir con Él, para descansar en su pecho. Entramos por la puerta, sí, pero entramos por el costado abierto del Señor.

GINÉS GARCÍA BELTRÁN

Obispo de Getafe

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