Dos figuras clave en la devoción al Corazón de Jesús

                           GÉNESIS HISTÓRICA Y ESPIRITUAL

RUBÉN HERRAIZ

Debemos retroceder algunos siglos para comprender un poco mejor el jubileo que estamos preparando. La expansión definitiva de la devoción al Corazón de Jesús y la instauración de la fiesta litúrgica se la debemos a una monja que vivió en el siglo XVII. Su nombre es Margarita María (1647-1690).

Desde su infancia sintió la voz de su único Amor, que la invitó a luchar contra el pecado en todas sus formas y a consagrar su virginidad al más perfecto y cumplido de todos los amantes. Es por ello que decidió abrazar esta vocación. “Aun cuando me hubiese de costar mil vidas, no sería otra cosa que religiosa”, dijo. Su muerte para ella fue un dulce abismarse en el Corazón de Jesús, y muy pronto fue reconocida como santa por sus coetáneos.

Entrar en la vida de Margarita nos lleva a señalar los dos hitos más importantes que motivaron la expansión del culto al Corazón de Cristo. En primer lugar, las revelaciones en Paray-le-Monial entre 1673 y 1675. La más importante nos deja estas palabras: “He aquí el Corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumirse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento, no recibo de la mayoría sino ingratitud”.

En segundo lugar, la amistad con el padre Claudio de la Colombière (1641-1682), jesuita.  Llamado por Jesús “siervo fiel”, será siempre para Margarita su guía y su consuelo en la tribulación. A él le debemos que los padres de la Compañía de Jesús asuman la misión de “dar a conocer su utilidad y su valor al pueblo cristiano (…) para que el Corazón divino derrame abundantes bendiciones y gracias”.

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