El Cerro, en la Guerra Civil

Imágen: la placa que recuerda a los cinco católicos fusilados.

Cerro de los Ángeles, Getafe (España) 1919 – 2019

 

JAVIER ONRUBIA REBUELTA

El Cerro de los Ángeles no sólo es el centro geográfico de la Península. También es el relicario que contiene los restos de cinco católicos que ofrecieron su vida por el Corazón de Jesús. Nuestra patria, entre los años 1931 y 1939, vio cómo se vertió la sangre de 13 obispos, de 4.184 sacerdotes, de 2.365 religiosos, de 283 religiosas y de cientos de laicos, por el mero hecho de manifestar y proclamar su fe.

El anticlericalismo y la persecución de cualquier profesión pública del cristianismo desató una sangrienta persecución que también se hizo presente en el Cerro de los Ángeles.Como era habitual, la tarde del sábado 18 de julio habían acudido al Cerro alrededor de 30 miembros de las Compañías de Obreros de San José y del Sagrado Corazón de Jesús para la vigilia de adoración nocturna.

Al finalizar la misa, la mayoría volvió a Madrid, salvo un grupo de cinco personas: Pedro Justo Dorado Dellmans, Fidel Barrios Muñoz, Elías Requejo Sorondo, Blas Ciarreta Ibarrondo y Vicente de Pablo García. El más joven tenía 19 años y el mayor, 40. Ellos se quedaron allí para proteger el Cerro, tras ser desalojado el monasterio de las Carmelitas Descalzas en previsión de que se produjera algún ataque.

En la mañana del 23 de julio acudieron a una taberna de Perales del Río, donde fueron denunciados. Avisado un grupo de milicianos, se presentaron allí de inmediato y les detuvieron. Tras someterles a todo tipo de vejaciones e insultos, celebraron una farsa de juicio que duró unos minutos y concluyó con la condena a muerte de los cinco.

De pie, mirando hacia el Cerro, que se recortaba en el horizonte, fueron fusilados mientras gritaban “¡viva Cristo Rey!”, dando un rotundo y claro testimonio del motivo por el cual morían.Eran las nueve de la mañana. Sus cuerpos permanecieron sin enterrar durante 24 horas, a la vista de todos los que pasaban por allí. Según testigos, uno de ellos murió con los brazos en cruz y, al no poder meterle en el féretro, se los rompieron.

 

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