“El Corazón de Pablo es el Corazón de Cristo”

AGUA VIVA

VÍCTOR JAVIER CASTAÑO

Un autor contemporáneo de santa Margarita María, aunque ajeno a su mensaje, el capuchino Piconio, dijo: “No pudiendo Pablo expresar con su propio corazón su afecto a los filipenses, recurre al Corazón de Cristo y entra en Él; y viviendo en este Corazón y usando este Corazón como suyo propio, ama a los filipenses con el Corazón de Jesús”.

Tanto san Juan Crisóstomo como Piconio hacían alusión a un texto de la carta a los filipenses, en el que Pablo retrata su caridad pastoral: “Testigo me es Dios cómo suspiro por vosotros, con qué ternura os amo en las entrañas de Cristo” (Fil 2, 1-4). Ya hemos hecho referencia en artículos anteriores al término splàgkjna, que se puede traducir por entrañas, o bien, por corazón.

 

En Pablo aparece varias veces la palabra corazón (kardia) para hablar de la sede del amor. A pesar de su espiritualidad cristocéntrica, es curioso que el término aparece siempre vinculado a la participación en el amor de Cristo, antes que al amor de Cristo en sí mismo.

El amor de Dios, dado por el don del Espíritu Santo, se derrama en el corazón del hombre (cf. Rm 5, 5). Dice a Timoteo: “Te recomiendo la caridad que nace de un corazón puro” (1 Tim 1, 5). Y porque ama con el corazón, lleva a sus fieles en él: “Ya os he dicho que estáis en nuestros corazones, para juntos morir y juntos vivir” (2 Cor 7, 3). En el capítulo segundo de la Carta a los Filipenses describirá los sentimientos del Corazón de Cristo, pero, en esta misma lógica, introduce una exhortación que literalmente se traduce así: “Sentid entre vosotros lo mismo que en Cristo Jesús…”.

Y, a continuación, nos regala el precioso himno donde se retratan estos sentimientos a través de las grandes acciones de su vida. Se repite dos veces a lo largo del himno que se “anonadó a sí mismo” o, dicho de otra manera, que “no retuvo avariciosamente el ser igual a Dios”.

Por ello aceptó la humillación de encarnarse por amor a la humanidad. El himno insiste en la voluntariedad del acto, que pone en marcha toda la vida salvadora de Jesús en la que acepta el último sitio, hasta la muerte humillante en la cruz. Sus sentimientos de amor a la humanidad le llevan a vivir esta humillación en la que se manifiesta al mismo tiempo la grandeza del amor divino.

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