El corazón samaritano de Dios

Según mí Corazón

Jesús Sanz Montes Sacerdote.  Arzobispo de Oviedo

Llevamos como sabemos, y también como podemos, las fatigas y los pesares que tantas veces nos afligen en la vida. Son todos los nombres que tienen los límites que nos generan sufrimiento, incertidumbre, cansancio y desesperanza. Es la humana condición y cada  generación ha vivido su elenco de dolores que ponen a prueba nuestra confianza.

Jesús nos permite entrever una oración filial que dirige al Padre Dios. Tras dar gracias porque el Padre esconde a los poderosos los secretos que se les revelan a los sencillos, añade esa expresión de verdadera hermandad del Hijo Dios que quiso ser nuestro hermano:

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla… Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yoos aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30).

Una de las preguntas que nos hacemos ante una tragedia cualesquiera es dónde está Dios ahí. ¿Por qué calla? Serían preguntas que conseguirían desmontar cualquier seguridad religiosa y que pondrían en crisis una serena vivencia espiritual… si, efectivamente, Dios no hubiera respondido. Estamos siempre ante un misterio cuando hablamos del dolor. Y ni siquiera Jesús mismo quiso estar al margen de él, cuando aparecía con todas sus formas en su ministerio público.

Sea cual sea el rostro del dolor, de la carencia, de la soledad, ahí hallamos a Jesús, que no ha querido eludir tan incómodo encuentro. Jesús pondrá lágrimas humanas en los ojos de Dios.Es la más incomprensible imagen de un Dios Todopoderoso y Omnipotente: que también Él supo y quiso llorar. Y hay situaciones en las que necesitamos no tanto recetas milagreras, sino el respetuoso abrazo del mismo Dios, que no viene a contarnos increíbles historias para distraernos en nuestro disgusto, sino la divina solidaridad de quien tanto entendió en carne propia lo que significa sufrir y lo que significa morir.

Porque ni siquiera el consuelo aséptico de Dios con una especie de divina neutralidad nos acercaría un consuelo real. Hay momentos en los que necesitamos las lágrimas del mismo Dios, un Todopoderoso que tiene entraña y se deja conmover hasta hacerse, por amor, frágil y abatible.

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