El costado abierto en el Evangelio de san Juan

VÍCTOR JAVIER CASTAÑO

Agua Viva

El Evangelio de san Juan expone de una manera muy solemne el momento en el que el soldado traspasa el costado de Cristo con la lanza. Traduciendo literalmente del griego, dice así: “El que vio y sigue bajo el efecto de lo que vio, es el que da testimonio” (Jn 19, 35).

¿Qué es eso tan grande que ha visto y que transforma el resto de la vida? Cuando Juan habla de ver, no se está refiriendo a lo que captan los ojos, sino a una mirada profunda que alcanza el misterio de Dios. Por ejemplo, en su primer encuentro con Natanael, Jesús habla de ver algo que no es perceptible con los ojos: “Verás el cielo abierto y a los ángeles subir y bajar sobre el hijo del hombre” (Jn 1, 51).

Con esta frase, Jesús mismo se propone como la nueva y auténtica escala de Jacob, el acceso sobre el que subían y bajaban al cielo que le fue revelado en un sueño al patriarca (cf. Gn 28, 11-19). Del costado abierto brota la sangre y el agua. La sangre aparece en el Evangelio de san Juan vinculada al milagro de las bodas de Caná (cf. Jn 2, 1-12).

El primer vino es símbolo de la vida que se desgasta y resulta insípida, mientras que el vino nuevo es una vida en plenitud, que tenemos al participar de la entrega redentora de Cristo en la cruz, cuando vivimos desde su amor. Y el agua, vinculada siempre al Espíritu Santo, es signo de la nueva vida sobrenatural que nos trae Cristo: es necesario “nacer del agua y del Espíritu” (Jn 3, 5), es el agua viva de la samaritana que nos da el don de Dios (cf. Jn 4), el agua que brotará del costado y que se convertirá en plenitud para el hombre, pues saciará toda sed (cf. Jn 7, 37-39).

Si recorremos detenidamente el cuarto Evangelio, todo lo que promete Jesús se termina cumpliendo en el costado abierto. Y no olvidemos que aquél termina con Cristo resucitado mostrando el costado abierto a sus apóstoles e invitando al incrédulo Tomás a poner la mano en él para curar su incapacidad para creer y así tener esa vida eterna que brota de la fe en su amor (cf. Jn 20, 31). Lo que resta es un epílogo.

Cuando por la fe creemos y aceptamos a Cristo abriendo nuestra vida al don de su amor, todo queda transformado. En cierto modo, comienza la vida celestial para nosotros, tenemos “vida (eterna) en su nombre”.

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