Homilía de D. Ginés en la clausura del Año Jubilar

Al final de este Año Jubilar con el que hemos celebrado el Centenario de la Consagración de España al Corazón de Jesús no podemos sino dar gracias a Dios que nos ha concedido este don precioso en el que muchas personas han venido hasta el Cerro de los Ángeles a beber del torrente de gracia que brota del Corazón del Señor. La entrada por la Puerta Santa, después de la peregrinación, la celebración de la Eucaristía y el perdón de los pecados son clara evidencia del amor de Dios que cambia, puede cambiar, la vida de los hombres, llenando su corazón de sentido y alegría, de paz y pasión por inundar el mundo con la esperanza del Evangelio.

El agradecimiento se extiende a todos los que habéis hecho posible la celebración del Año Jubilar. A mi antecesor en la Sede, nuestro querido D. Joaquín, que puso en marcha la preparación de esta obra, al Sr. Obispo Auxiliar, D. José, que, junto con el Vicario General, D. José Mª Avendaño, han llevado el timonel del Jubileo, a los Rectores y sacerdotes de la Basílica, a los responsables de la organización del Centenario. Dejadme tener especialmente presentes a los voluntarios que por amor al Corazón de Jesús han dejado aquí su tiempo y sus energías con sencillez, amor y eficacia. A las diócesis y a las parroquias que con sus obispos y sacerdotes han peregrinado hasta aquí, a las congregaciones religiosas, colegios, asociaciones, hermandades, y, cómo no, a las monjas contemplativas que con su oración han sostenido este camino jubilar.

  1. “En él quiso Dios que residiera toda la plenitud”, dice S. Pablo en el himno de la carta a los Colosenses. En Cristo reside la plenitud porque Él es la plenitud de todo. Cristo es la medida de la creación y también de nuestra humanidad. Es el hombre nuevo porque es la imagen del Dios invisible. En el Hijo, Dios ha llevado a la humanidad caída a la plenitud de la salvación. Cristo en la entrega hasta la muerte de cruz ha reconciliado lo que el pecado había separado, y ha hecho posible y definitivo el reencuentro del hombre con Dios. El Hijo ha abrazado al hombre con el perdón de los pecados, devolviéndole la conciencia de ser hijo y heredero de la gloria del Padre. En Cristo se ilumina el don de la creación como se ilumina también nuestra humanidad en toda su belleza, se revela la bondad del corazón y se manifiesta el poder de Dios.

Al escuchar estas palabras de la Escritura que reflejan la belleza del amor de Dios, miramos al “Hijo de su Amor”, Jesucristo, y reconocemos que somos salvados por amor, por puro amor. Que en la salvación no hay mérito por nuestra parte, ni siquiera un poco de esfuerzo humano, sólo un amor que es infinito. Es lo que expresa el misterio del Corazón de Jesús. Un corazón de carne, un corazón herido, roto, pero que sigue amando, que sigue entregándose; un corazón que sigue invitando a la comunión con él. “Entra en el Corazón de Jesús, Él es todo”, decía el P. Mendizabal.

“La devoción al Corazón de Cristo y al Corazón de María tienen ese sentido profundo: Recordar a los hombres entristecidos del mundo moderno, que por encima de sus dolores hay un Dios que los ama, hay un Dios que es amor (Cf. 1Jn 4,8), un Dios que cuando ha querido escoger un símbolo para representar el mensaje más sentido de su alma, ha escogido el Corazón porque simboliza el amor, el amor hacia ellos, los hombres de esta tierra. Un amor que no es vano sentimentalismo, sino un sacrificio recio, duro, que no se detuvo ante las espinas, los azotes y la cruz”. Son palabras iluminadoras de S. Alberto Hurtado.

En definitiva, la palabra amor es la que mejor revela y da la clave del misterio del Corazón de Cristo. Como dice S. Pablo: “Él me amó y se entregó por mí”.

  1. La imagen del Corazón de Jesús es también el remedio más eficaz contra la tentación del corazón humano de todos los tiempos de creerse que cada uno puede salvarse a sí mismo, consecuencia de la huella del pecado: “seréis como dioses”. Una tentación que no sólo habita en el corazón de los hombres sin Dios, o apartados de él, sino en nosotros, en lo que vivimos cerca, hasta en los que estamos consagrados.

El evangelio de esta fiesta de Cristo Rey nos lo recuerda. El texto que hemos escuchado, en la pasión según S. Lucas, muestra como distintos personajes provocan a Jesús invitándolo a que se salve a sí mismo. Lo hacen los magistrados, los soldados, y hasta uno de los ladrones que estaba crucificado con él. Si es Mesías, si es Rey, si es poderoso, ¿cómo no utiliza su poder en beneficio propio? Es la tentación egoísta de ser dios de mí mismo, de ser la medida de todo, y servirme de todo y de todos en mi propio beneficio. Pero Jesús no es Mesías así, su salvación no actúa de esa manera.

No deja de llamar la atención que es otro ladrón, también crucificado, el que pone todo en su sitio, el que nos hace mirar a la salvación que sólo viene de Dios, el que interpela al verdadero mesianismo de Jesús. Parte aquel condenado del reconocimiento de la propia culpa –“nosotros estamos aquí justamente”-, al tiempo que reconoce la bondad, el bien: “En cambio, este no ha hecho nada malo”. Ha devuelto el centro al centro. No se trata de mirarnos a nosotros, sino de mirarlo a Él, ponerlo en el centro de nuestra vida, de nuestra cotidianidad, es poner en Jesús nuestro corazón, lo que somos, lo que hacemos, nuestro futuro. Y del reconocimiento del propio pecado nace la confianza y la petición: “Acuérdate de mí”. Hermosa oración que podemos nosotros repetir: “Acuérdate de mí”, es decir, tenme cerca de tu corazón, hazme presente en tu vida, perdóname, cuídame, fortaléceme. Esta petición también podemos hacerla por los demás, por los que queremos, por los que están lejos del Señor, por los que no lo conocen o no creen, por los que sufren la marginación de la pobreza…

La respuesta del Señor a esta petición es la salvación: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. El amor de Dios no se hace esperar, el amor de Dios no tiene límites. El Hoy expresa la actualidad de la salvación. Este hoy es nuestro hoy. Y estar en el Paraíso es estar con Dios, estar con el Señor Jesús.

Por eso, nuestro Año Jubilar ha hecho memoria de un hecho histórico, la consagración de España al Corazón de Jesús hace cien años, pero nuestro objetivo más importante era renovar esa consagración hoy, en nuestras concretas circunstancias, al tiempo que una invitación a vivir y celebrar ese amor consagrado en una llamada siempre nueva a la evangelización.

Quiero repetir otra vez lo que es una convicción profundad en nuestra vida y quehacer pastoral: hemos de evangelizar desde el Corazón. “El momento presente exige, quizás más que nunca, evangelizar desde el Corazón. Jesús es el Maestro que modela el corazón de los discípulos y nos invita a aprender de su Corazón manso y humilde (cf. Mt 11, 29). Necesitamos aprender del Corazón de Cristo la “lógica del corazón”, como recordó el Presidente de la Conferencia Episcopal Española al peregrinar los obispos de las diócesis españolas al Cerro de los Ángeles” (Carta pastoral. Mirar al que traspasaron).

  1. Durante todo el año que ahora termina hemos tenido muy presentes las palabras del lema Jubilar: “Sus heridas nos han curado”. Y es que el Corazón de Cristo es un corazón herido, que muestra compasión. ¿Qué haríamos, queridos hermanos, sin la misericordia de Dios? ¿cómo podríamos vivir sin la compasión de Dios? ¿cómo tendríamos futuro sin su perdón?

No podemos borrar, ni ocultar las heridas del Corazón de Jesús porque son nuestras propias heridas. En el Corazón de Cristo somos sanados. Él es el verdadero hospital puesto en medio de mundo para curar las heridas del corazón humano. Jesús es el buen samaritano que se acerca a cada hombre que sufre, es el que levanta al que la vida ha postrado y ha dejado al borde del camino, es el que devuelve el rostro al que una economía y una cultura basadas en las cosas han robado la dignidad al hombre y lo han excluido de la sociedad.

Entonces, si Cristo es compasivo conmigo, ¿cómo no ser yo compasivo con los demás?; si Cristo me cura, ¿cómo no curar yo las heridas de los demás? No, queridos hermanos, la caridad, la misericordia, la compasión no son la segunda parte de la vida de cristiana, ni del mandato del amor. Están, y tienen que estar, en el centro de la vida cristiana porque están en el Corazón mismo de Jesús que es el centro de su Misterio. No caigamos en la tentación de contraponer verdad y caridad, doctrina y compasión, ley y misericordia. El amor de Dios es la verdad más grande.

“De nuestra fe en Cristo, hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad” (EG 186). Estas palabras del Papa Francisco nos recuerdan que la misericordia que recibimos de Dios nos enseña a ayudar a los pobres para que salgan de la pobreza, para devolverle la esperanza a su corazón. “Y en la Diócesis de Getafe existen situaciones donde se genera marginación o de pobreza más o menos severa, con las que nos encontramos cada día en nuestros pueblos, barrios o ciudades. Estos son los pobres que necesitan que les hablemos con palabras y obras de la belleza de Jesucristo. Los pobres materiales y espirituales. Las diferentes periferias de la Iglesia que camina en Getafe (desempleo, empleo precario, enfermedad, fracaso escolar, adicciones, desestructuración e inestabilidad familiar, falta de esperanza, usencia de Dios, los “heridos por la vida”)” (Diócesis de Getafe. Plan de Evangelización, “Así también os envío yo”, p. 26).

4. Como pedíamos en nuestra Carta pastoral con motivo de este Jubileo, “Mirar al que traspasaron”: “Deseamos que el año jubilar marque un hito en la conversión misionera a la que nos llama la Iglesia por boca del Papa Francisco (cf. EV, 30). El final de este año será también el inicio de la puesta en práctica del Plan de evangelización, que durante el curso pastoral pasado hemos trabajado en la diócesis. Los frutos del Año jubilar serán evangelizadores o no serán”. El Plan de Evangelización está en marcha. Y hoy comienza la Adoración Eucarística diaria en esta Basílica porque en nuestro corazón siguen resonando la inspiración de Santa Maravillas de Jesús: “Mi Corazón necesita ser consolado”. Como el Carmelo, queremos ser bálsamo que cure las heridas del pecado. porque “España se salvará por la oración”.

En definitiva, “No podemos permitir que se pierda el torrente de gracias que el Señor está derramando sobre los peregrinos que se acercan a nuestra diócesis a ganar el jubileo. Soñamos con un Cerro de los Ángeles convertido verdaderamente en un «trono de las bondades» del Corazón de Cristo  (..) Soñamos con un Cerro de los Ángeles que sea un verdadero centro de espiritualidad, de reconciliación, de adoración y de reflexión en la espiritualidad del Corazón de Jesús” (Carta pastoral. Mirar al que traspasaron).

En el corazón de María se encierra el corazón de Cristo. Acudiendo a su maternal intercesión se nos revelan los misterios que encierra el Corazón de Jesús porque ella es la que lo ha engendrado, la que lo ha llevado en su seno, la que lo ha cuidado, la que lo ha seguido hasta la Pascua del Calvario. Ella es Madre y es discípula que en su humildad nos repite cada día: “Haced lo que Él os diga”, y no tiene otra misión que llevarnos a Jesús.

A ella, a Santa María, que aquí veneramos como Santa María de los Ángeles, le confiamos nuestra vida y en sus manos ponemos los frutos de este Año Jubilar que ahora clausuramos.


Contenido patrocinado por UMAS, la mutua de la Iglesia.

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