Imágenes sobre el Corazón de Jesús (III): el traspasado

Las imágenes del templo y la fuente que contemplábamos en el número anterior se van personalizando cada vez más y remiten a Cristo. Están abiertos porque nos hablan del costado traspasado de Cristo en la cruz. El profeta Zacarías lo anticipa así: “Mirarán al que traspasaron… Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén para lavar el pecado y la impureza” (Zac 12,10; 13,1). “Despierta, espada,  contra mi pastor, y contra el hombre de mi compañía, oráculo del Señor de los ejércitos. Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Za 13,7).

El mismo evangelista Juan nos invita a entender la pasión de Jesús desde estos oráculos de Zacarías. Pero no es el único de los profetas: “Fue traspasado   por nuestras rebeldías, triturado por nuestras culpas. Por sus llagas hemos sido curados” (Is 53,5). La escritura nos invita a contemplar al traspasado como la causa de nuestra salvación.

El evangelista Juan da un paso más allá, y nos invita a “mirar” para poder “ver” el misterio de Dios a través del traspasado. Esa visión de fe del misterio de Dios tiene tal fuerza transformadora que es causa de nuestra salvación, pero no de una    salvación cualquiera, sino de una que nos hace semejantes a lo que vemos, precisamente porque lo vemos (cf. 1 Jn 3, 2). Se trata de una fortísima experiencia del amor de Dios que nos transforma. Contemplar a Dios que deja romper su cuerpo humano por amor en la pasión es la gran experiencia del amor divino que transforma al hombre. De hecho, se trata de la manifestación más f u e r t e de  Dios que puede existir; ver su pasión es ver su gloria (cf.Jn 12, 23).

La traducción más literal del texto griego del evangelio de Juan dice así: “El que vio y sigue bajo el efecto de lo que vio es el que da testimonio” (Jn 19, 35). Juan da testimonio no sólo del hecho de Cristo dejándose traspasar, sino del poder transformador que tiene esta experiencia del amor de Dios. De nuevo el Apocalipsis nos muestra el final de la historia como una visión de Dios, pero inseparable del amor de su pasión, del dejarse traspasar. El costado abierto nos recuerda que, al venir triunfante, nos muestra y ofrece ese amor y salvación a todos, también para los que le ofendemos con nuestros pecados: “He aquí, viene con las nubes y todo ojo le verá, aun los que le traspasaron; y todas las de la tierra harán lamentación Él; sí. Amén” (Ap 1, 7).

VÍCTOR CASTAÑO

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