La compasión del Corazón de Jesús en los sinópticos

AGUA VIVA

VÍCTOR JAVIER CASTAÑO

En la catequesis anterior tratamos sobre los sentimientos filiales del Corazón de Jesús. Dicho de otro modo, la dimensión vertical de sus sentimientos. Decíamos que su mirada permanente hacia el Padre le ayuda a vivir en la gratitud, la alabanza y la plenitud de sentirse amado y colmado de sus dones.

Vamos ahora a recorrer, desde el Corazón de Cristo, el camino horizontal, el que nos lleva hacia el prójimo. El papa Pío XII nos habló del triple amor del Corazón de Jesús (cf. Haurietis aquas, 15). Así, en el amor de Cristo hablaba de tres dimensiones: el amor divino; el amor sobrenatural que Dios infunde en todo corazón, al que llamamos caridad, y, finalmente, las pasiones propias de la naturaleza humana, a las que llamamos amor.

Estos tres amores, en armonía perfecta, mueven toda la vida de Cristo. Los evangelistas sinópticos reflejan el amor humano de Cristo con un verbo griego muy expresivo. Me refiero al verbo splagkjnízomai, que suele traducirse como compasión. Así, Jesús siente compasión por las muchedumbres que andan perdidas por la vida como “ovejas sin pastor” (Mc 6, 34; cf. Mt 14, 14), por los enfermos incurables, dedicándoles atención y obrando milagros (cf. Mc 1, 41), por los que pasan hambre (cf. Mt 8, 2) o por los que sufren la pérdida de seres queridos (cf. Lc 7, 13). Dos cosas llaman la atención en este verbo. Deriva de la palabra griega splágkjna, que significa intestino.

Se trata de la misericordia entrañable, en expresión de san Lucas (cf. Lc 1, 78) y san Pablo (cf. Col 3, 12); la que es auténtica, que no sale forzada. Se trata del movimiento espontáneo de bondad que retrata muy bien el modo de ser, la bondad connatural. Llama también la atención el objeto de sus sentimientos. Siempre son las debilidades y miserias de la condición humana. Los preferidos del Señor son los pobres, los que sufren, los enfermos y los pecadores, a los que ha venido a buscar.

Hablar del Corazón de Jesús es decir que Dios ha querido tener un corazón de carne, que la humanidad de Cristo refleja la misericordia de Dios a través de las pasiones humanas. A este respecto, a veces el verbo tiene como sujeto a personajes de parábolas que representan al mismo Padre celestial, como, por ejemplo, aquel rey que tenía deudores que no tenían con qué pagar (cf. Mt 18, 27); o el padre del hijo pródigo, que se conmueve misericordiosamente al ver a su hijo regresar en condiciones tan lamentables (cf. Lc 15, 20).

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