Las oraciones de Jesús en los evangelios revelan su Corazón

Benedicto XVI nos propuso las oraciones de Jesús en el Evangelio como la mejor clave para entenderle. En ellas se nos revelan sus sentimientos.

Todas las oraciones de Jesús en los evangelios comienzan con la expresión “Padre”. Jesús nos revela así su corazón de Hijo. Las peticiones (a la alabanza, a la gratitud…) son distintas en el hijo y en el siervo. La vida cambia si nunca dejamos de ser objeto del cuidado providente de Dios-Padre.

Quizá la más completa es la que nos transmite san Lucas. Después de enviar a sus discípulos y ver cómo unos aceptan el Evangelio y otros no, nos dice que Jesús exclamó: “Yo te bendigo,

Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha

sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10, 21-22).

Jesús vive en la alegría y en la plenitud que le da el saberse colmado y rodeado de los dones del Padre que le ama y de quien recibe su ser.

Para ello es necesaria la pequeñez; de ahí la invitación que Mateo pone en boca de Jesús: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Nuestra mirada al Corazón de Jesús debe centrarse en esa lección que resulta vital para nuestra vida. Para recibir esta plenitud debemos participar en los sentimientos del Hijo, que nos invita a sentirnos plenos por todo lo que recibimos del Padre, con la clara conciencia de que todo lo que tenemos lo recibimos continuamente de Él y sin Él no somos ni tenemos nada.

La petición del Hijo es confiada y se confunde con la gratitud. Así es como pidió Jesús al Padre la resurrección de Lázaro: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía que Tú siempre me escuchas” (Jn 11, 41).

Y esto es así incluso en medio de la tribulación, donde Jesús grita confiado en una oración que fue escuchada (cf. Hb 5, 7) no porque se le libre del dolor, sino porque se le conforta para llevar el peso de la cruz hasta la gloria de la resurrección.

VÍCTOR JAVIER CASTAÑO

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